30/11 - Valió la pena.

Tienen que ver las cosas que se aguantó ese pobre hombre para conseguir lo que quería. Soportó mil desgracias para alcanzarlo, para adquirirlo, para hacerlo suyo, para lograrlo. Para ganárselo. Quería algo y luchó por ello. Quería tanto a ese algo que incluso se resignó a perder a sus padres para alcanzarlo. Lo quería tanto que perdió a su esposa para conseguirlo. Perdió sus hijos, su casa, su máquina de cortar el pasto, su trabajo, su dieta, sus hobbies, su estilo de vida. Lo perdió todo con tal de lograr ese algo que tanto deseaba. Se dejó caer los pelos, se dejó caer los dientes y la cara y la libido. Perdió su sexo, lo sacrificó para alcanzar ese algo que tanto lo obsesionaba. Entregó su sangre a cambio, vendió su alma, suicidó sus deseos y al final, lo consiguió. Logró lo que se proponía y ciertamente, valió la pena.

29/11 - Abanicos.

Quebré los abanicos de las señoras refinadas que se aireaban con aires de grandeza y superioridad. Los quebré, los tiré al piso, los escupí y los pisé repetidas veces para que se dieran cuenta de mi bronca, mi bronca, mi gran bronca. Piso los abanicos una y otra vez mientras mantengo mis ojos fijos y llenos de odio en las sorprendidas caras de las refinadas señoras. Y después, dejo de pisar los abanicos y las escupo a ellas. Las escupo con el moco baboso y verdoso que extraigo desde atrás de mi garganta. Y escupo. Después las piso, repetidas veces, las piso con el mismo pie, mi pie, que calza bota de trabajador. Las tiro al piso y las piso hasta teñir de rojo las baldosas. Las piso hasta que la pintura se coagula. Y después las escupo, extraigo de mi garganta un arsenal de mocos babosos, y las escupo.

28/11 - El diccionario amable.

Tengo en mi biblioteca un curioso ejemplar de diccionario. Lo tengo desde chiquito. Lo uso desde que nací y siempre estuvo en casa para cuidarme. Cada vez que tenía una duda o un problema, iba corriendo hasta mi diccionario y él, respondía. El problema que siempre tuvo, y no me quejo puesto que en cierta forma, me divertía, fue que era demasiado amable. Mi diccionario siempre fue exageradamente bueno con todos. Excesivamente ingenuo, cordial y tolerante. Incluso con las palabras. Era tan bueno que definía al término maldad, de la siguiente forma: “Maldad es hacer cosas malas, pero pobre, hay que comprenderla, no sabe lo que hace. De chiquita no le enseñaron que hay que tener bondad.”
Tendría que haber quemado mi diccionario en el fuego, tendría que haberle arrancado las hojas y haberlo tirado a la basura pero pobre, hay que entenderlo, mi diccionario no sabe lo que hace.

27/11 - Los jóvenes 17.

Dimitri tiene 45 años pero según su propia medición del tiempo, según su propio calendario histórico, tiene 17 años de edad. El tema es así: Dimitri decidió no contar el tiempo desde su nacimiento, sino que parte desde sus 45 años, como año cero. El evento fue tan dichoso y renovador, tan puro y bello, y tan tranquilo y tan pacífico para el alma, que se creyó resucitado. “Estaba muerto, y resucité”, les dice a sus amigos mientras se lleva una puta al cuarto del telo mientras se tira champagne en la cabeza. Dimitri piensa que volvió a la vida, una nueva vida que contabiliza desde el día en que firmó el divorcio y dejó atrás su muerte en vida. Al los 45 años volvió a nacer, volvió a empezar a contar de cero. Ahora tiene 17 años, y no tiene arrugas, y no tiene pelada y no tiene problemas.

26/11 - Quién tiene la culpa.

Si la tierra está sufriendo no es culpa nuestra, es culpa de quien nos creó. Si violo a una señorita, no es culpa mía, es culpa del que me creó. Si aquél es un asesino serial, no es culpa de él, ni mía, ni suya, es culpa de quien lo creó. Si usted es cáncer, no es culpa suya, es culpa del forro que lo creó. Si soy aumento de impuestos no es culpa mía, es culpa del hijo de puta que me creó. Sí Señor, soy el diablo, pero eso no es culpa mía, es culpa de mi creador. Él es dios, pero no es culpa de él, perdónenlo, es culpa del atorrante que lo creó.
Yo no tengo la culpa de ser lo que soy, es culpa suya porque usted me creó. –Pero yo no tengo la culpa, es culpa del que me creó–. Afirmó el creador.

25/11 - Señor Alcalde.

La gente que es honesta, Señor Alcalde, es porque todavía no le han dado la oportunidad de estafar. Y la gente que tuvo la oportunidad y no la utilizó, fue porque la tajada no era lo suficientemente buena. Si usted todavía no le estrechó la mano al diablo, Señor Alcalde, no fue porque es éticamente correcto, sino porque esperaba sacar más beneficio en la próxima oferta. Todos nos vendemos al mejor postor, no tiene por qué avergonzarse. Y si no nos vendemos, es porque la propuesta todavía sigue sin cumplir nuestras expectativas. Es cuestión de que el vendedor siga aumentando el número de beneficios para que el soborno se cumpla. Tal es así que la gente poco ética es la que se deja sobornar por poco y, quienes tienen ética, es simplemente porque todavía no escucharon una buena oferta. Para ahorrar tiempos, Señor Alcalde, ¿cuánto me va a costar corromperlo?

24/11 - El equilibrio del universo.

Cuando pasa algo bueno, siempre tiene que suceder, a continuación, algo malo. El universo tiene que equilibrarse. Cuando pasan buenas cosas, tienen que pasar cosas malas. A una cosa mala muy grande, le sigue una cosa buena igual de grande. Constante equilibrio para que el planeta no caiga hacia un costado. Si se acumulan cosas malas de un lado y las buenas no empiezan a sumar del otro, el planeta tierra cae al piso, compra terreno. Si le pesa más el lado de las cosas buenas y no equilibra para el lado de las cosas malas, también se tropieza y cae. El planeta tierra está continuamente equilibrándose. Desde que existe, si es que tiene un principio, está haciendo equilibrio. Pero algún día el equilibrio se va a terminar y nosotros le vamos a echar la culpa al universo, al que mueve los hilos. La culpa no será nuestra, no señor.

23/11 - Vagabundos.

Mirá a esa mujer con perlas negras. Este barrio no es lo que era antes. Esta esquina, hace algunos años atrás, estaba llena de vagabundos. Vagabundos exquisitamente mal vestidos paseaban por las hermosas veredas de esta esquina y ahora, estos ricachones, no hacen más que molestar. Uno ya no puede ni tirarse a tomar un tetra tranquilo con los amigos sin que haya una naricita de versace frunciendo el culo. Antes eran buenas épocas. Qué lindo era estar borrachos en el medio de entrada del edificio. Ahora siempre están estos monos caretas que no paran de esquivar la cara. Mirá, dan vergüenza cómo se visten, todos brillantes los asquerosos. Yo no puedo entender cómo es que aguantan estar tan limpios. Acá hace falta alguien que vengan a poner orden. Habría que desalojar a todos estos etiquetas de marca que no saben hacer otra cosa más que molestar a los vagabundos.

22/11 - Se pelean de chicos.

Fiel al famoso dicho que asegura que quienes “pelean de chicos, se casan de grandes”, Pedro no hacía más que pelear con las niñas. Cualquier persona del sexo opuesto era atacada verbal o físicamente por el niño. Al principio parecía una confusión de chicos, pero a medida que fue pasando el tiempo, Pedro seguía empecinado con su cometido y no sólo continuaba agrediendo y pegándole a las mujeres, sino que los ataques se volvían cada vez más y más agresivos. La furia, o será mejor decir la pasión desenfrenada del niño, no tenía límites. Su última víctima, antes de ser encerrado en un psiquiátrico, fue una niña que cayó sangrando al suelo luego de recibir un cuchillazo en la garganta que Pedro le había incrustado en su afán de poseerla en el futuro. “A esa la voy a tener cuando me muera”, pensó Pedro mientras era arrastrado por los enfermeros.

21/11 - La sonrisa de la tristeza.

El Rey se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no largaba una buena carcajada, que no reía, que ni siquiera sonreía. No recordaba la última vez que había expresado su alegría a modo de sonrisa. Sin pensarlo dos veces, mandó a llamar a los mejores bufones del reino, quienes hicieron las mil y una intentando hacerlo reír, pero ninguna payasada dio resultado. El Rey, triste, se miraba atentamente al espejo cuando se dio cuenta de que su cara tampoco expresaba ni medio ápice de tristeza. Preocupado llamó a la Reina, la Reina, preocupada, llamó al Príncipe, el Príncipe, preocupado, ordenó a los mejores dramaturgos del reino que escribieran la más triste de las historias. La obra fue actuada por los mejores actores y no hubo nadie que no llorara de tristeza. El rey, con las lágrimas en su cara, sonrió de alegría al ver que podía entristecer nuevamente.

20/11 - El profeta ignorado.

El profeta se subió al banco de la plaza. –Escúchenme todos.– dijo gritando con temerosa voz de circunstancia que captó la atención de los transeúntes. –Yo traigo la palabra de dios.– Continuó. –Yo soy el enviado de dios, nuestro señor. Él se me apareció y me encomendó profesar su palabra. Escúchenme, o despertarán su ira.– Los pocos espectadores se aburrieron y continuaron su camino. Los demás seguían pasando de largo, ignorando al profeta vagabundo que no desistía de su empresa. –Estoy aquí para advertirles sobre los males de la religión. Nuestro señor ha recapacitado. Nuestro señor se ha dado cuenta de sus errores y me ha mandado a repararlos. Escúchenme pecadores, o arderán en el infierno. Soy el elegido y he venido a abolir la religión. La religión es el nuevo pecado y para limpiarnos del pecado, nuestro señor pide ser olvidado. Olvidemos a nuestro dios si queremos ser salvados.

19/11 - Mi sillón de cuero.

Un sillón de lectura cómodo es el peor enemigo de un libro aburrido. Y también un gran filtro. Es por eso que tiene un comodísimo sillón, flexible, suave y acolchonado, con un delicioso aroma a cuero. El libro que supera las cualidades relajantes y adormecedoras de su sillón de lectura, es naturalmente un libro entretenido y atrapante. Así se dispone a leer cada noche bajo la escasa luz amarilla de la lámpara de pie que está al costado de su acolchonado sillón. La tenue y opaca luz, relajante, tranquilizadora, narcótica luz, se complementa con el sedante natural de su sillón de cuero, convirtiéndose también en el terror de los libros con historias aburridas. Es de esperar entonces, teniendo en cuenta los difíciles obstáculos, que la mayoría de los libros que comienza, terminen por ser abandonados y nunca más retomados. Lee un libro por noche desde hace años. Nunca terminó ninguno.

18/11 - Informe meteorológico.

Lo particular de la siguiente historia que les voy a contar, es que todavía no ha sucedido. Por eso es que voy a narrarla en tiempo futuro, haciendo uso de mis poderes predictivos y adivinatorios. Puedo asegurarles, a ciencia cierta, que mis racionales visiones de profeta experimentado en informes meteorológicos, no conocen todavía el más mínimo error de cálculos. Todo lo que pronosticaré se cumplirá al pie de la letra tarde o temprano. El siguiente lunes habrá fuertes chaparrones por la mañana que se calmarán llegando el medio día. Luego el viento del sudeste cubrirá el cielo de nubes negras y amenazantes, generando aisladas lloviznas hacia la tarde y antes de caer la noche, la ira de los truenos sembrarán el pánico sobre la humanidad. Llegará la tempestad, el merecido diluvio, la muerte. Las ciudades se inundarán y los gritos callarán ahogados por las aguas de la furia de dios.

17/11 - La biblioteca coparticipativa.

Los dos libros gordos que estaban sobre del estante más alto de la biblioteca, casi tapados por el polvo del olvido, habían pasado tanto tiempo sin ser tocados, ni movidos, ni leídos, que terminaron por convertirse en muy buenos amigos. Con tanto tiempo de estar uno al lado del otro, compartiendo la mugre, tapa contra contratapa, era obvio que iban a terminar siendo amigos. Y esa amistad fue un muy buen ejemplo para los otros libros que también yacían olvidados en la biblioteca. Se formó un lindo grupo que no solo disfrutaba de la amistad, sino que también compartía conocimientos. Se educaban unos a otros, se leían sus historias, se narraban los misterios, las deliciosas historias de amor. Lloraban con los finales felices y reflexionaban con los abiertos. Cada uno se alimentó de los otros y todos juntos formaron la primera biblioteca coparticipativa. La más sabia biblioteca de la historia.

16/11 - Los enemigos de la verdad.

Las personas viven para ser cada vez más estúpidos e ingenuos. A su vez, los ingenuos y estúpidos más catalogados enseñan el arte de la idiotez y así, aseguran generaciones milenarias de idiotas. Siempre que existió alguien que resaltaba en inteligencia y decía verdades irrefutables, los déspotas idiotas se encargaban de eliminarlo/a en nombre del origen de la idiotez. Matando de las formas más macabras y creativas a los inteligentes, se aseguraban de que los nuevos profetas de la verdad lógica no quieran ni intenten difundir la inteligencia. Los silenciaban con la muerte o con el temor a la muerte. Obviamente, estas palabras esconden nombres y mezquinan detalles. Esa es mi defensa a las futuras acusaciones de los idiotas que seguramente se verán reflejados en estas líneas. Me oculto atrás del párrafo para escapar de la acusación. Escapo de la acusación, porque en ella nace el camino a la hoguera.

15/11 - El último error.

Todo termina con un último error. No es ni el primero, ni el del medio. No es la influencia del error más grande o la del error más pavo y chico. Es el último error el que da por finalizado algo, cualquier cosa. Todo se desmorona con la última equivocación. Inútiles, inservibles, ingenuos, torpes, estúpidos, necios. Burros. Mentecatos, lerdos. No se dan cuenta del límite, no visualizan ni piensan. No reflexionan, pobres, que siempre hay un último error, una última equivocación que desemboca en el final así como todos los ríos mueren obligadamente en la sal del mar. Es la gota que rebalsa el vaso, es el paso hacia el vacío, hacia el precipicio, es el último pinchazo, el último cigarro, es la espina de pescado del último plato. La última mentira, la última maldad, la última vez que se confían. La última vez que se aprovechan. El último error.

14/11 - La inteligencia de la idiotez.

Es mucho más difícil hacerle creer a alguien que uno es idiota, que hacerle creer que es inteligente. En lo particular se me complicó bastante dominar la técnica pero, obviamente, los beneficios que me trajo aparejado la supuesta idiotez, fueron inmensos. Mayores y mejores que los relacionados con la inteligencia, o supuesta inteligencia. Cuando los demás piensan que uno es idiota, no hacen demasiado esfuerzo en querer ganarme, me subestiman y se quedan tranquilos, relajados, con la guardia baja. Mientras tanto, yo, el idiota, cocino el plato y espero a que se enfríe. Luego, el zarpazo, la sangre derramada, la venganza. Dulce y cariñosa venganza que revierte situaciones. Justa y merecida venganza. –¿Quién es el idiota ahora?– le pregunto a mis víctimas que me miran asombradas. Les clavo la mirada y fijo mis ojos en los suyos para que puedan ver dentro de mi alma. Para que mueran con miedo.

13/11 - Maldiciones.

La primera vez que maldije a alguien, obviamente no pensé que se iba a cumplir. Lo mismo me pasó la segunda vez, al desearle la muerte a un compañero. Cuando falleció me refugié pensando que era pura casualidad pero, a la tercera vez, no pude más que sospechar de mis desagradables poderes. Probé en desear bienaventuranzas y ganadores de quinielas para remediar las tres muertes. Nada resultó. Incluso intenté desear resurrecciones pero nadie resucitó. Descubrí que mis maldiciones surgen efecto cuando están relacionadas con la maldad y, apenas se genera el deseo de desgracia ajena en mi cabeza, ya no hay marcha atrás. Dios sabe que intenté mil formas para controlar los malos pensamientos, pero siguen creciendo en número los muertos, los inválidos, los leprosos, los ciegos, los atropellados, los acribillados, los apedreados hasta la muerte, los desmembrados, los castrados, los incinerados, los aplastados. Dios también sabe que intenté maldecirme.

12/11 - El hombre que odia demasiado.

Anselmo tiene una personalidad muy interesante. Es un tipo malo, no aguanta a las personas ni tampoco se reserva o reprime los pensamientos para si mismo. Anselmo no tiene ningún drama en decir lo que piensa, en comentarle el desagrado a quien le desagrada. Tal es así que nadie queda exento de sus críticas. Pero la pasión que Anselmo le dedica a la intolerancia hacia cualquier detalle, es, paradójicamente, lo que hace que nadie lo tome en serio. Todavía ninguna persona pensó que Anselmo dice de verdad las cosas que dice y por eso, podemos decir que el simpático Anselmo es la única persona que intenta con demasiada insistencia ser malo, pero no le sale. Todos creen que Anselmo es un tipo macanudo que tiene un carácter jovial y gracioso, que redunda un poco en sus chistes, pero gracioso al fin. Mientras tanto, Anselmo, lima sus dientes de la bronca.

11/11 - Arrepentimiento del arrepentimiento.

Mi extrema sinceridad me arruina constantemente la vida. Disculpe profesora, eso lo copié de una hoja que tenía debajo del pupitre. No me esforcé como otras veces y para zafar, terminé haciendo trampa en el examen. Sí, tiene toda la razón en lo que está pensando, soy un cara rota. Sinceramente no merezco el nueve que me puso. Perdón árbitro, en realidad usted se ha equivocado al juzgar la jugada. Debería reconsiderar la decisión tomada ya que como dicen mis contrincantes, he metido el gol con la mano.
Como verán, me arrepiento en el instante mismo en el que me equivoco y surge en mi inconsciente una extrema necesidad de confesar los errores. El problema es que la confesión misma, también emerge y se manifiesta como un nuevo y gravísimo error, el cual, obviamente, tengo que arreglar. ¡¿Pero qué hace Profesora?! ¿No se da cuenta que estaba haciendo un chiste?

10/11 - Engaño.

A veces creo que soy un mogólico. Me extraña que me salga todo tan bien. Sospecho de mi suerte. Realmente no creo ser tan bueno como para que me salgan las cosas tan perfectamente. Lo sé. Y ahí es cuando pienso que soy un idiota y que vivo en una constante mentira en la que todos me hacen creer que soy bueno, que me salen las cosas bien, que tengo facultades y por sobre todas las cosas, que soy una persona normal. Todos me felicitan porque están actuando, y actúan para que yo no me de cuenta de que soy un inútil. Lo hacen porque son buena gente pero creo que no me merezco tanta maldad. Está mal hacerme sentir que todo me sale bien cuando en realidad, no es así. Ya sé que no puedo hacer absolutamente nada bien así que les pido, por favor, que dejen de engañarme.

9/11 - Perdón.

El simple hecho de que pidas perdón no es un acto que lo amerite. Te pensás que al pedirme perdón ya te merecés las disculpas. Hipócrita. Te enseñaron a pensar que la palabra perdón está cargada de un poder mágico que soluciona problemas. Me venís a pedir perdón, pensás que eso es un acto de nobleza y por ello mismo pensás merecerlo. Todos creen estar perdonados sólo por el hecho de tener la buena intención de pedirlo. Creen que merecen el perdón sólo porque profieren la palabra. Creen que con el simple hecho de terminar de expresar el término, todo es olvidado. El perdón es algo que no te merecés. Y no puedo perdonar porque ya es una tontería el acto de pedir perdón. Por qué creés que esa palabra va a tapar las cosas que hiciste. El perdón es solución de muchos, pero el perdonar no es lo mío.

8/11 - Todavía puedo escapar.

Abrí los ojos y recordé algunas canoas cargadas de gritos que me perseguían. Haciendo memoria me encontré corriendo por la arena húmeda de la playa para apurar las piernas. Recuerdo también haber tenido un chispazo de razonamiento lógico y acto seguido penetrar en la espesa selva para perderlos. Estuve mucho tiempo ciego en la oscuridad de los árboles, escapando de gritos que no pude esquivar. Luego, un golpe en la cabeza, unas figuras desnudas, borrosas, armadas. Por último, oscuridad. Abrí los ojos y recordé. Ahora me duele la cabeza y me siento mareado. Mis brazos y mis piernas están atados. Hace calor. Mi cuerpo está desnudo e inmerso en un caldo con muy buen aroma. Hay trozos de zanahoria flotando alrededor. Hay papas y otras raíces que no reconozco. Estoy por hervir vivo pero las sogas están flojas y sólo hay tres personas cuidando. Todavía me quedan fuerzas. Heroica fuerza.

7/11 - Entre líneas.

En algunas prosas se suele notar, si el lector es ávido y concentrado, un segundo mensaje. Un sobreentendido queda en el aire y es así como muchos autores fueron censurados. Yo creo también, que muchos otros fueron prohibidos injustamente puesto que hay interpretaciones de textos que son precedidas, por ejemplo, por la época. A veces las intenciones no existen, a veces, son forzadas. Muchas letras fueron acusadas así como también muchos poemas, amos de las metáforas semánticas, fueron callados. Las palabras, esos “fenómenos ideológicos por excelencia”, fueron y serán cargadas con contenidos que no quisieron ser; con significados injustos, con presupuestos ajenos a la realidad. Por eso les pido, mis ávidos lectores, que no se esfuercen en las interpretaciones, en las lecturas entre líneas o en las hermenéuticas explicaciones que se le puedan adjudicar a este texto. Simplemente, déjense llevar por la literalidad de las siguientes dos palabras: estoy cansado.

6/11 - La credibilidad de las psicópatas desconfiadas.

-Pero por el amor de dios, guardá esa arma. ¿Qué pensás hacer? Estás loca. Loca. Me cansaste con los celos. Ya te dije mil veces que no tengo ninguna aventura con nadie, que no estoy saliendo con nadie. Tranquilizate. Bajá el arma por favor. No llores. Calmate y bajá el arma. Calmate. ¿¡No ves lo que hacés!? Mirá al extremo que llegás. ¿No podés confiar en mí de una buena vez por todas? Bajá el arma. Bajá el arma antes de que alguien salga herido. Por favor, hacelo por mí. Yo te amo. Te juro que te amo pero bajá el arma. Amor, amor, escuchame. Escuchame. Te juro por lo que más quieras que yo no te engañé. Amor, por favor, no hagas una locura. Nunca te engañaría. Te juro. Nunca te engañaría. Yo te quiero. Te amo en serio mi vida. No me hagas esto. Bajá el arma. Bajala.

5/11 - Excavaciones arqueológicas en Argentina.

Corría el año 10.024 cuando Sir Jerónimo de Olivario decidió invertir en una expedición a la tierra muerta, llamada así desde que un grupo anarquista había atentado contra las civilizadas y envidiadas tierras Argentinas. Los terroristas pertenecían a un ejercito formado por antiguos políticos del país, los cuales habían sido exiliados en lo que se dio a llamar “La Reestructuración Nacional”, movimiento que no tardó en limpiar la corrupción gobernante y encaminar la nación a un próspero y rápido crecimiento económico, social y cultural. Los terroristas fueron atrapados y condenados. El grupo de arqueólogos dirigidos por Sir Jerónimo de Oliverio, descendió sobre una superficie llana y montaron su campamento. Luego de varios meses de excavaciones, la multimillonaria inversión de Sir Jerónimo brindó sus frutos cuando los arqueólogos encontraron una de las míticas piezas que estaban buscando. El Mate Argentino Original era el objeto de arte mejor cotizado en el mundo.

4/11 - Momia.

El descubrimiento se realizó en el medio del casi infinito laberinto de árboles de la selva Amazónica. Un grupo de reconocidos y experimentados arqueólogos y científicos fueron designados al llamado “Proyecto Liana”, basado en la excavación e investigación de una pirámide recientemente descubierta en el corazón de la selva, tapada por la abundante forestación y enterrada casi en su totalidad. Debajo de la construcción se desprenden una serie de túneles donde se encontraron signos de una extraña y antigua civilización desconocida, con marcadas influencias mayas y egipcias. Al final de uno de los túneles se descubrió una cámara principal donde toda su construcción, las puertas, las paredes y el piso, son de metal. Dentro del sarcófago se encontró una momia y debajo de las vendas, en vez de hallarse un cuerpo humano, había un robot. Se cree que es el robot más antiguo del mundo y, paradójicamente, el más avanzado.

3/11 - Mazmorras.

Los llantos opacados por la vergüenza de llorar, los suspiros de la tristeza, las quejas susurradas a causa del hambre y el ruido de las cadenas eran la música diaria del Barón de Quintana. El Barón era uno más de los prisioneros, el más joven y fuerte de todos ellos y aún así, más débil que un niño. La escasa comida mantenía reprimido cualquier intento de escape de los desgraciados habitantes de las mazmorras. Aún así, el Barón no había tirado la toalla, no había abandonado las esperanzas de ver de nuevo el sol y poder castigar a la mujer que lo había culpado, condenándolo a una lenta muerte, encerrándolo bajo la tierra. Tenía plena fe en que iba a poder salir del calvario ya que pensaba que quienes son inocentes, se merecen justicia. Y tenía razón, pero le erraba en pensar que esa justicia podía llegar a ser divina.

2/11 - La duda.

Por suerte existe la duda, el único factor que nos ayuda a no convertirnos en bestias idiotas y estúpidas y necias. La duda. Ese titubeo del ánimo ante cualquier verdad irrefutable, ese espacio de reflexión sobre lo que se cree verdadero y auténtico y real. A ese factor de pensamiento le debemos la ingenuidad. Dichosa ingenuidad que nos ayuda a poner todo en duda. Si la raza humana aún no está extinta, es porque algunos tienen la virtud de poner todo en tela de juicio. Sin hombres que duden, todos seríamos conformistas. Conformistas como sinónimo de idiotez. Idiotez comos sinónimo de extinción. Vaya uno a saber dónde nos hubiera llevado la seguridad ciega de las ingenuas ovejas que pastan las verdades que se les antojan irrefutables, si no existieran las personas que les ayudan a vomitarlas. La duda, es lo único que nos da seguridad. Seguridad como sinónimo de duda.

1/11 - Ir de cuerpo contento.

Las cosas no le estaban yendo muy bien que digamos. Tenía algunas deudas que crecían todos los meses con los intereses, una muela que le dolía, la bicicleta pinchada, una mancha de humedad en la pieza y por si fuera poco, hacía varios días que no podía ir de cuerpo. Últimamente le estaban agarrando unos fuertes retorcijones de panza que le arrugaban la cara del dolor. Pero el sufrimiento no duró tanto tiempo ya que cierto día, después de un café con leche calentito, un vasito de exprimido de naranja y un cigarrillo, notó una revolución en su panza. Eran buenos augurios. Fue corriendo al inodoro para no perder la oportunidad, se bajó los pantalones y casi sin hacer fuerza despidió todo lo que había acumulado. Grata sorpresa la suya cuando vio que flotando en el inodoro, en vez de excremento, había un grueso fajo de billetes de cien pesos.