18/10 - Estímulo.

En la nota que venía con la caja decía que tenía que abrirla cuando yo fuera feliz. Medía cinco centímetros por cinco centímetros, estaba envuelta en papel de regalo y llegó a mi buzón junto con su instrucción de uso que se basaba en un solo ítem ya mencionado anteriormente: “abrila cuando seas verdaderamente feliz”, decía. La letra era una imprenta mayúscula muy cuidada, parecía de mujer. No sé qué fue lo que me llevó a seguir el juego, pues moría de curiosidad por ver lo que había dentro. Como no sabía cuándo podía sorprenderme la felicidad, en qué día y a qué hora, me dediqué a llevar la cajita conmigo a todos lados. La ansiedad me incentivó a buscar la felicidad, pero no por la necesidad misma de ser feliz, sino por las impasibles ganas de averiguar el contenido de la caja. Hoy soy feliz gracias a ese estímulo.

3 comentarios:

Esteban Dublín dijo...

Qué bonita idea. Es una especie de pedido para volver a tener capacidad de asombro.

Nikko dijo...

No lo considero un pedido para volver a tener la capacidad de asombro. No creo que el cuento pase por ahí.

Esteban Dublín dijo...

Huy, ¡qué delicia! ¡Una polemiquita al fin! A ver, Nikko, si no pasa por ahí, me encantaría que expusieras tus puntos de lectura de este cuento. Pero por favor, con argumentos.