31/10 - Mesa de Poker.
Jugando al poker tiró a su mujer arriba de la mesa verde. La señora cayó despatarrada sobre las fichas y tres jugadores igualaron la apuesta con sus respectivas esposas. Ganó con un par doble. En la siguiente mano, confiado con una par de jotas, tiró a una de las esposas ganadas en la mano anterior, y subió la apuesta con uno de sus hijos que cayó sobre el paño verde al lado de la mujer. Dos de los jugadores se fueron y un tercero igualó con su esposa, tiró a su hija sobre la mesa y elevó la apuesta con su cuñada y su suegra. A falta de cuñadas y suegra, el jugador arrojó a las dos esposas que le quedaban y creído de que su contrincante alardeaba, tiró a su hermano menor y a sus padres. El otro jugador igualó la apuesta y ganó con una escalera de tréboles.
30/10 - Foto.
Sebastián estaba cansado de la vida conyugal. Estaba cansado de todo pero igual se había acostumbrado y a decir verdad, le eran indistintos los problemas con su esposa. Sus sentimientos eran indefinidos y esquivos. La mujer le respondía con la misma moneda. Hacía tiempo que no la amaba y si bien eso no era bueno, tampoco era tan malo, pero la noticia de la aventura amorosa de su mujer con un compañero de trabajo convirtió la neutralidad sentimental en un odio ilimitado y vengativo. Hizo unas llamadas y moviendo un par de contactos, contrató un asesino a sueldo y siguió sus indicaciones de poner la foto de la futura víctima en un sobre y dejarlo debajo del banco de la plaza. Luego de hacer todo el trabajo, al regresar a su casa notó que la foto que tenía que estar dentro del sobre seguía en el álbum. Faltaba la suya.
29/10 - Cosas de chicos.
Después de advertirle a su hijo que se comportara en su ausencia, la mujer fue hasta el supermercado a hacer las compras. Regresó después de media hora y al abrir la puerta vio que su hijo tenía las manos manchadas de pintura roja y había estado pintando gran parte del empapelado. Era un tierno dibujo donde se distinguía claramente la familia. La madre a la derecha, el padre a la izquierda y el niño en el medio. Detrás se veía una casa grande. Al lado de la casa había un árbol y en lo más alto, un sol con cara alegre y algunas nubes deformes a su alrededor. La casa no tenía ventanas y desde su puerta bajaba un caminito hasta el zócalo de la pared. Sólo faltaba el perro, el cual yacía muerto en el piso debajo del dibujo. Alrededor del perro, un charco de sangre. Todavía sobraba pintura.
28/10 - Zoológico.
El zoológico abrió sus puertas y la cola de niños que esperaba afuera entró ansiosa y excitada. Las maestras con guardapolvos a cuadritos tuvieron que encargarse de poner orden y controlar a la alterada multitud de chicos que se mostraban desesperados de alegría y entusiasmo. Presos de la metrópoli, ninguno había visto un animal en su vida. Era lógica la emoción. Calmada la situación y puestos en fila india, los niños comenzaron a recorrer el zoológico sorprendiéndose con cada uno de los animales. Pasaron por el terrario donde estaban exhibidas las serpientes y tortugas, también vieron la jaula de los leones y de los canguros y se divirtieron observando las piruetas de los monos. Cuando llegaron al laguito para descansar y darle de comer a las aves, uno de los flamencos hizo cortocircuito y explotó en mil pedazos. Era el tercer flamenco que explotaba en el zoológico de animales extintos.
27/10 - Injusto funeral.
Bienvenidos a mi funeral, uno de los eventos más aburridos a los que he asistido en toda mi vida y calculo que quedará como el más tedioso en la historia de mi futura eternidad. Violando mis explícitos deseos de cremación, mis familiares, aferrados a creencias y convenciones estúpidas como ésta que estoy viviendo, me mezquinaron la petición de ser ceniza esparcida en el cauce del río. Creyéndose dueños de la verdad absoluta, he sido víctima de sus ritos religiosos y como consecuencia, me han tirado en este costoso cajón de madera, han paseado mi cuerpo trajeado por todo el pueblo desde la morgue hasta la iglesia, desde la iglesia hasta el velatorio y todavía me falta el viaje al cementerio. Lo hicieron, los muy desgraciados, concientes de lo poco que me gustan las iglesias y los trajes. Ahí estoy yo, acostado, frío e incómodo, dispuesto a que todos me lloren.
26/10 - 100 años de soledad.
Desperté encerrado en esta habitación. No recuerdo por qué ni cómo llegué a este cubo de 20 por 20 por 10 donde las paredes están revestidas de estanterías de libros. Me encuentro aislado en esta biblioteca y no existe puerta que me deje salir. Tengo una escalera de 10 metros con la que puedo alcanzar la última estantería de las paredes, una cama, un escritorio y un sillón. Sobre el escritorio hay una máquina de escribir y una lámpara de lectura. Sus cajones están llenos de hojas. Si saco todas las hojas que están dentro del cajón y vuelvo a cerrarlo, al abrirlo nuevamente aparece la misma cantidad de hojas sacadas. Mi primer reacción fue la de buscar la puerta de salida ya que me daba un profundo temor el encierro, pero no tardé en comprender que había sido bendecido cuando reconocí cien años de soledad entre todos los libros.
25/10 - Ahorcado medieval.
El ahorcado medieval era un juego practicado en la clandestinidad únicamente por reyes y personas con títulos de nobleza. Para comenzar el juego, ponían a un plebeyo deudor de impuestos en la horca y se le ataba una soga al cuello. En el juego participaban dos jugadores enfrentados y consistía en lo siguiente: un jugador elegía una palabra que debía ser adivinada por su contrincante y luego escribía (en un papel) un guión bajo por cada letra de la palabra a adivinar. Así, el oponente debía nombrar las posibles letras hasta dar con la palabra completa. Si la letra nombrada no estaba en la palabra, el verdugo pintaba una de las extremidades del plebeyo con sangre de chancho. Primero las dos manos, luego las dos piernas y en el último error del jugador, se bajaba la palanca. Luego subía otro plebeyo a la horca. Se jugaba al mejor de 5.
24/10 - Pelos en la lengua.
Siempre tuvo pelos en la lengua y mal que mal, el pobre terminó acostumbrándose a los sufrimientos cotidianos como el de lavarse los dientes y que el cepillo se le enrede en la lengua, o tener que lavarse la boca con champú cada vez que se bañaba. Obviamente, la más drástica de las dificultades era que los cabellos no le permitían hablar normalmente. Pero el problema también tenía sus ventajas ya que la exótica, enrulada y rubia melena bucal parecía ser dulce de leche para mujeres. Extrañamente, lejos de causarles asco, las minas sentían una indomable curiosidad por besar sus cabellos. Así vivió hasta el día en que por un descuido se puso un chicle en la boca. Cuando quiso acordar ya era demasiado tarde y tuvo que raparse la lengua. Desde ese día, nunca más volvió a dejarse el pelo. Desde ese día, habla sin pelos en la lengua.
23/10 - Obedecer.
Eran las tres de la tarde y la casa estaba tenuemente iluminada por una lamparita amarilla de no más de 60 watts. Afuera era primavera. Adentro parecía otoño. Después de pasar la soga sobre la viga y atarla fuertemente, se subió sobre un banquito de madera que aguardaba impaciente justo debajo de la soga. Pasó el lazo por su cabeza, lo ajustó al cuello y un instante antes de empujar la base con sus piernas, sonó el teléfono. Seguramente era de la oficina. No lo dejaban tranquilo y ese era uno de los tantos motivos que estaban a punto de convertirlo en un suicida. Obediente a su costumbre de obedecer, desajustó el lazo, se bajó del banco para atender la llamada y tuvo una conversación de no más de un minuto, donde le encargaron subirse a un banco y atarse una soga al cuello. Al menos así lo entendió él.
22/10 - En el bosque.
Estábamos en el bosque cuando se nos apareció de repente. La noche era bastante clara gracias a la luna y teníamos encendida una fogata para apaciguar las amenazas del frío. Era cerca de medianoche cuando salió desde unos arbustos y se paró delante de nosotros. Nos paralizamos del miedo. Notamos que tenía cuatro patas y dos cuernos ornamentados salían desde su cabeza. Su cuerpo era absolutamente deforme e inestable ya que se movía constantemente como si fuera una masa líquida intentando flotar onduladamente. Cristian, mi compañero de campamento sacó la carabina que habíamos dejado detrás del tronco sobre el que estábamos apoyados y apuntó. El animal no se inmutó, continuó expectante con sus ojos clavados en nuestros cuerpos y cuando intentó moverse, sentí el disparo seco del arma. Al rodear la fogata, notamos que el cuerpo que yacía en el piso era un simple venado, deformado anteriormente por el fuego.
21/10 - Todo lo que yo te diga.
[Mira las palabras fijamente. Concéntrate. Haz de cuenta que estás leyendo en una isla paradisíaca. El sonido de las olas golpeando sobre la playa y el viento te tranquilizan. Ves claramente cada una de las sí-la-bas. Puedes reconocer cada morfema. El movimiento de la hamaca paraguaya te relaja aún más. Sientes que te elevas sobre el aire, sientes el aire y puedes agarrarlo. Lo usas para mantenerte flotando. Continúas leyendo y te vuelves silencio. Ahora estás en mi poder. Cuando cierre el corchete, harás todo lo que yo te diga].
Desconviértete. Deja el televisor. Libérate. Ponte a leer. Piensa. Vuelve a pensar. Ten memoria. Ten temple. Camúflate. Ármate. Haz justicia. Señala a los culpables sin miedo. Asesina a los corruptos. Elimina la lacra. No te avergüences. Aprende, enseña, opina participa, e intenta hacer que todos participen. Cuando hayas terminado con lo que te he encomendado, ve a comprarme un helado.
Desconviértete. Deja el televisor. Libérate. Ponte a leer. Piensa. Vuelve a pensar. Ten memoria. Ten temple. Camúflate. Ármate. Haz justicia. Señala a los culpables sin miedo. Asesina a los corruptos. Elimina la lacra. No te avergüences. Aprende, enseña, opina participa, e intenta hacer que todos participen. Cuando hayas terminado con lo que te he encomendado, ve a comprarme un helado.
20/10 - Consuelo.
Existe un país dentro de un continente que forma parte de un mundo que no es el nuestro, pero que guarda ciertas similitudes con un país que está dentro de un continente de nuestro mundo. El país de este otro mundo es tan similar al país de nuestro planeta, que hasta tiene una bandera celeste y blanca. En ese país (que no es ningún país de nuestro mundo), la pasan mucho peor que nosotros puesto que sus gobernantes son aún mucho más atorrantes que los nuestros. Nosotros vivimos en un país donde ser presidente podría ser el premio mayor del Quini 6, pero ni se imaginan lo mal que la pasan en ese otro país de ese otro mundo. A mi me da pena esa pobre gente que vive en ese desgraciado lugar en el que les tocó ser gobernados. Pero no voy a mentirles, también me sirven de consuelo.
19/10 - Rodando voy.
Se encienden las luces y comienza a sonar una música pegadiza, monótona. Al rato escucho como si cayera una moneda en una caja de chapa. Instantáneamente un brazo mecánico me saca de la oscuridad en la que estoy, llevándome hacia el exterior, hacia el lugar iluminado. Veo las luces parpadear constantemente. Me dejan en un túnel. Miro hacia arriba y noto que hay un vidrio. Es imposible escapar saltando. De la nada aparece algo detrás de mí, me embiste fuertemente haciéndome rodar a lo largo del túnel. El impulso es tan potente que comienzo a golpear por todos lados. Cada cosa que toco me impulsaba aún más fuerte. Golpeo y golpeo contra paredes y gomas que me vuelven a impulsar con más y más fuerza. Cuando pienso que todo está por terminar, cuando pienso que voy a volver a casa, dos manos mezquinas me lo prohíben. La música monótona continúa.
18/10 - Estímulo.
En la nota que venía con la caja decía que tenía que abrirla cuando yo fuera feliz. Medía cinco centímetros por cinco centímetros, estaba envuelta en papel de regalo y llegó a mi buzón junto con su instrucción de uso que se basaba en un solo ítem ya mencionado anteriormente: “abrila cuando seas verdaderamente feliz”, decía. La letra era una imprenta mayúscula muy cuidada, parecía de mujer. No sé qué fue lo que me llevó a seguir el juego, pues moría de curiosidad por ver lo que había dentro. Como no sabía cuándo podía sorprenderme la felicidad, en qué día y a qué hora, me dediqué a llevar la cajita conmigo a todos lados. La ansiedad me incentivó a buscar la felicidad, pero no por la necesidad misma de ser feliz, sino por las impasibles ganas de averiguar el contenido de la caja. Hoy soy feliz gracias a ese estímulo.
17/10 - Boca abierta.
Manuel suele perder sus palabras muy seguido. Se les caen por la calle, las presta y después no se acuerda a quién, se las olvida en algún café o simplemente desaparecen de su memoria. Otras palabras, las más salvajes, se le escapan saltando sobre el cerco de sus dientes y nunca más regresan. Pero ayer sucedió algo realmente trágico. Manuel salió con una mujer, cenaron, fueron al cine y por último, a tomar un café. La mujer se quedó a dormir en su casa y él durmió feliz, obviamente contento por el reciente logro. Lamentablemente, se ve que durmió con la boca abierta ya que mientras descansaba, la mujer metió la mano a mitad de la noche en su boca y le robó la palabra más preciada. Una palabra que había usado en contadas ocasiones por miedo a gastarla. La única palabra que cuidaba. La que nunca más pudo pronunciar.
16/10 - La puerta.
Abrió los ojos y se dio cuenta de que todo lo que había pasado había sido una pesadilla. Se sentó en la cama, tomó un poco de agua que había en la mesita de luz y trató de tranquilizarse y de controlar la respiración. Pero en un momento, cuando vio que arriba de su ropero había un niño deforme con un matamoscas en una mano y la cabeza de un gato en la otra, comprendió cuál había sido su error. El muy estúpido, al despertar, al pasar del plano del sueño del inconsciente al mundo real, se olvidó de cerrar la puerta y como consecuencia de ello, todos los horrores que había estado viviendo minutos atrás, se abrieron paso hacia su habitación. Las paredes empezaron a retorcerse y siete mujeres comenzaron a azotarlo con serpientes. Escapó, cerró la puerta del cuarto con llave y no volvió a entrar nunca más.
15/10 - Nacimiento.
Isolina y Evaristo tenían su humilde casa en el campo, a unos cincuenta kilómetros del pueblo más cercano. Vivían de su pequeño ganado, de la huerta de Isolina y de las pieles de vizcacha que cazaba Evaristo y que todos los meses llevaba al pueblo para venderlas y comprar provisiones. Ya hacía dos años que la pareja estaba felizmente casada cuando decidieron tener un hijo y tres meses después de la decisión, a Isolina se le comenzó a notar la panza. Era un baroncito, según Evaristo. Una noche de tormenta llegó un ex convicto a la casa del matrimonio y después de robar sus pertenencias, asesinó a Isolina y a Evaristo con un tiro en la cabeza. Ocho meses después del asesinato, Isolina, en su condición de fantasma, daba a luz a un hermoso niñito de piel grisácea y transparente al cual bautizaron con el nombre del padre de Evaristo.
14/10 - El chimpancé que lee Poe.
En el zoológico hay un chimpancé sumamente inteligente. Nació en cautiverio y desde pequeño se notó una clara superioridad respecto a sus padres y a sus compañeros de jaula ya que Gordon, el chimpancé, demostraba gran voluntad y predisposición para aprender y comprender. Un día, el cuidador de los chimpancés llevó un libro de Edgar Allan Poe al zoológico y se sentó a leerlo al costado de la jaula. Gordon, que demostraba un profundo afecto por el cuidador, se acercó a su lado y éste, quien demostraba una indudable preferencia hacia Gordon, comenzó a leer en voz alta. Al año Gordon ya sabía leer y su cuidador, contento por el logro de su predilecto, le regaló una mesita de luz con un velador, una biblioteca con la antología de Poe y un cómodo sillón de cuero. Por las noches se ve una luz encendida en la jaula de los chimpancés.
13/10 - Mientras hacía dedo.
Estaba haciendo dedo para viajar a su pueblo cuando la vio por primera vez. Era increíblemente pequeña y su tamaño no superaba al de una Vaquita de San Antoño. La vio tan diminuta que apenas alcanzó a distinguir que se trataba de una mujer con vestido negro a lunares. Le pareció de lo más extraño ver a una persona tan inhumanamente chiquita. Tan extraño que en un principio, hasta tuvo miedo de acercarse. En un momento se agachó a atarse los cordones y alcanzó a divisar que la mujer con vestido a lunares le levantaba la mano amablemente, como llamándolo. Qué criatura más extraña la microscópica mujer a lunares, pensaba él, pero igualmente respondió y decidió acercarse. Caminó algo así como 2 kilómetros y al final del recorrido, estando a unos 100 metros de distancia, pudo darse cuenta que el tamaño de la mujer era el de una mujer normal.
12/10 - Náufrago.
Volaba hacia el continente Africano cuando explotó el motor derecho del avión. En el mar pude hacerme con una balsa inflable y junto a otras tres personas navegamos hacia donde se les antojó a las olas hasta llegar a una isla. Al pasar el tiempo mis tres acompañantes fueron cayendo uno a uno, víctimas de los maltratos de la naturaleza salvaje, y terminé quedando solo. En la isla tuve que aprender a hacer todas las tareas que había logrado esquivar estando felizmente casado en una sociedad civilizada. Aprendí a cazar, a cocinar mis presas, a amueblar mi cueva para que se vea más amena, a trepar palmeras, a hacer fuego, en resumen, aprendí a sobrevivir. Después de ser rescatado por un barco que pasaba a unos kilómetros de la isla, según me dijeron, puesto que yo no había logrado llevar la cuenta, habían pasado solo dos días desde el accidente.
Semana de Invitados - Presión.
Es sólo hasta que tenga tiempo para lidiar con él, se dijo para sus adentros Elicio mientras guardaba un disgusto dentro de su pecho, justo entre un mal recuerdo de la infancia y un te amo que nunca se animó a decirle a Estervina. Escondido en un rincón por culpa del qué dirán había arrojado su miedo al ridículo. No era el momento adecuado, fue la excusa para suprimir un intento de caricia y abandonarla al lado del remordimiento que sintió varios años atrás por no pedirle disculpas a su hermano luego de una pelea. Su pasión había quedado aplastada bajo el miedo al fracaso y a su lado yacía un cúmulo de sentimientos olvidados y enmohecidos por el tiempo. Una inquietud fue lo último que logró colocar dentro de su pecho minutos antes de que su corazón sucumbiera ante la presión de toda una vida.
Nicolás Ronco.
Nicolás Ronco.
Semana de Invitados - Ciento cincuenta.
Ciento cincuenta es mucho, si lo pensamos en tiempo.
Ciento cincuenta años para que volvamos a ver un cometa, ciento cincuenta meses sin ver a un amigo, ciento cincuenta días sin ir al baño, ciento cincuenta horas sin tener sexo, ciento cincuenta minutos de trabajo de parto, ciento cincuenta segundos sin respirar. Uff demasiado.
Ciento cincuenta es exagerado, si lo pensamos en cantidades.
Ciento cincuenta alfajores triples de chocolate en una sola tarde (con un vaso de chocolatada para bajarlos, claro), o las ciento cincuenta veces que te imaginaste desnudo a tu compañero de box en un solo día. Ciento cincuenta zombies hambrientos en una habitación, ciento cincuenta mails para reclamar un pago, ciento cincuenta mensajes de texto para levantarte a alguien que conociste en un bar, un exceso.
Ciento cincuenta es poco, si lo pensamos en palabras para relatar una historia.
Ciento cincuenta es chiquito.
Ciento cincuenta es nada.
Gaby Arango.
Ciento cincuenta años para que volvamos a ver un cometa, ciento cincuenta meses sin ver a un amigo, ciento cincuenta días sin ir al baño, ciento cincuenta horas sin tener sexo, ciento cincuenta minutos de trabajo de parto, ciento cincuenta segundos sin respirar. Uff demasiado.
Ciento cincuenta es exagerado, si lo pensamos en cantidades.
Ciento cincuenta alfajores triples de chocolate en una sola tarde (con un vaso de chocolatada para bajarlos, claro), o las ciento cincuenta veces que te imaginaste desnudo a tu compañero de box en un solo día. Ciento cincuenta zombies hambrientos en una habitación, ciento cincuenta mails para reclamar un pago, ciento cincuenta mensajes de texto para levantarte a alguien que conociste en un bar, un exceso.
Ciento cincuenta es poco, si lo pensamos en palabras para relatar una historia.
Ciento cincuenta es chiquito.
Ciento cincuenta es nada.
Gaby Arango.
Semana de Invitados - El día que decidí dejar a mi novia.
El día que decidí dejar a mi novia fue un día difícil. ¡Tanto tiempo habíamos pasado juntos! 3 años, 6 meses y una semana de una pareja inseparable.
Un mes pasó desde que nos conocimos hasta que empezamos a convivir. Mismo trabajo, mismo grupo de amigos. Mismos gustos musicales, gastronómicos y de películas. Si no fuese porque ella es rubia y yo morocho podrían creer que somos mellizos. Por eso y por el hecho de que tenemos distintos padres. Pero principalmente por el pelo.
En fin, creímos que nunca nos íbamos a separar. Pero el destino nos deparó otra cosa. Era lunes cuando después de 1275 días de bañarnos, desayunar, dormir y vivir juntos la dejé en la peluquería mientras yo compraba la comida en la roticería. Tuve que tomar esta decisión porque sino la roticería cerraba y estábamos tentados de pollo al espiedo. 2 horas después volví por ella.
Hernán Valenza.
Un mes pasó desde que nos conocimos hasta que empezamos a convivir. Mismo trabajo, mismo grupo de amigos. Mismos gustos musicales, gastronómicos y de películas. Si no fuese porque ella es rubia y yo morocho podrían creer que somos mellizos. Por eso y por el hecho de que tenemos distintos padres. Pero principalmente por el pelo.
En fin, creímos que nunca nos íbamos a separar. Pero el destino nos deparó otra cosa. Era lunes cuando después de 1275 días de bañarnos, desayunar, dormir y vivir juntos la dejé en la peluquería mientras yo compraba la comida en la roticería. Tuve que tomar esta decisión porque sino la roticería cerraba y estábamos tentados de pollo al espiedo. 2 horas después volví por ella.
Hernán Valenza.
Semana de Invitados - Domingo de julio a la tarde.
Carolina, fatal, eligió dejarme un domingo de julio a la tarde. Nublado. Yo andaba en bicicleta, nos encontramos en la plaza y me dejó.
Carolina tenía los ojos grandes y yo exhalé un pedido de prórroga que no prosperó porque Carolina tenía los ojos grandes y se dio vuelta y encaró por la diagonal de la plaza con rumbo Nor-Noreste.
Como era domingo de julio a la tarde, llovió. No podía ser de otra manera. Un tipo pasó corriendo huyéndole a mojarse.
Después fue otro, después fue la población de la plaza entera. Los rayos de la bicicleta sentían la mordida de lo que iba a ser una segura herrumbre, mi espalda empezó a sentir el reguero frío de las gotas, y allá, como ajena a la furia de los elementos Carolina, yéndose, dándome la espalda, borroneándose, fundiéndose con la lluvia y los autos y el asfalto y el horizonte.
Federico Watkins.
Carolina tenía los ojos grandes y yo exhalé un pedido de prórroga que no prosperó porque Carolina tenía los ojos grandes y se dio vuelta y encaró por la diagonal de la plaza con rumbo Nor-Noreste.
Como era domingo de julio a la tarde, llovió. No podía ser de otra manera. Un tipo pasó corriendo huyéndole a mojarse.
Después fue otro, después fue la población de la plaza entera. Los rayos de la bicicleta sentían la mordida de lo que iba a ser una segura herrumbre, mi espalda empezó a sentir el reguero frío de las gotas, y allá, como ajena a la furia de los elementos Carolina, yéndose, dándome la espalda, borroneándose, fundiéndose con la lluvia y los autos y el asfalto y el horizonte.
Federico Watkins.
Semana de Invitados - Nacer, Crecer, Rutina, Morir.
Despertó y estaba muerto. Estaba frío y su corazón ya no latía. Volteó a decírselo a su esposa.
-Estoy muerto, morí mientras dormía.
-Oh!, perdóname, yo también dormía, no te escuché morir.
Se levantó, fue al baño y se afeitó. Se cortó varias veces, pero no sangró, estaba muerto.
Era hora de ir a trabajar, aún muerto tenía responsabilidades que cumplir.
Rechazó el desayuno que solícitamente su esposa le había preparado. No tenía hambre, estaba muerto.
El colectivo llegó a la misma hora, como cada día los últimos veinte años. En su camino por abrirse paso entre la agolpada multitud de gente, que como él, contaba los minutos y las cuadras que los separaban del siguiente día, igual al anterior; su mano se encontró con otras, estaban frías. También estaban muertos.
Rodrigo Barrera.
-Estoy muerto, morí mientras dormía.
-Oh!, perdóname, yo también dormía, no te escuché morir.
Se levantó, fue al baño y se afeitó. Se cortó varias veces, pero no sangró, estaba muerto.
Era hora de ir a trabajar, aún muerto tenía responsabilidades que cumplir.
Rechazó el desayuno que solícitamente su esposa le había preparado. No tenía hambre, estaba muerto.
El colectivo llegó a la misma hora, como cada día los últimos veinte años. En su camino por abrirse paso entre la agolpada multitud de gente, que como él, contaba los minutos y las cuadras que los separaban del siguiente día, igual al anterior; su mano se encontró con otras, estaban frías. También estaban muertos.
Rodrigo Barrera.
11/10 - Besos en el cuello.
Se despertó a la mañana sin poder recordar cómo había vuelto a su casa. Tenía sí un recuerdo borroso de la fiesta y de las risas con sus amigas, recordaba también haber entablado una agradable conversación con un culto e inteligente hombre mayor que había despertado sus instintos animales más salvajes y por último, esforzando la memoria, llegó a recordar que se habían apartado del tumulto de gente para charlar más tranquilamente sin ser molestados por el constante murmullo. No era su costumbre tomar demasiado y tampoco le parecía haberse dejado llevar por el vino. Ella nunca se pasaba del límite. En la parte más alejada y oscura del jardín sucedió el último momento que le vino a la mente y fue cuando estaba por aventurarse a un beso. Llegó al baño y al verse en el espejo del botiquín notó que tenía dos leves marcas rojas en su cuello.
10/10 - Objetos perdidos.
El Señor Gonzáles era el encargado del sector de objetos perdidos en un parque de diversiones. Gonzáles era feliz con su empleo porque todos los días les eran distintos, ya que decenas y docenas de objetos impensados llegaban a su poder todos los días. Dueño absoluto de su reino de cosas extraviadas, catalogaba los objetos y los apilaba en las estanterías. Algunos, los que después de un año nunca se habían reclamado, terminaban perteneciéndoles al Señor Gonzáles. En sus estanterías había de las cosas más simples como una colita de pelo, a las más extrañas, como una dentadura postiza. Pero un domingo a la tardecita llegó a su poder el objeto más extraño de todos: un corazón que seguramente algún despistado o despistada había dejado caer. Catalogó al órgano humano como a todos los objetos y lo archivó en la estantería. Después del año, el corazón pasó a ser suyo.
9/10 - El hombre caricatura.
Richard Aston nació con la capacidad de convertirse en un dibujo animado. Con sólo pensarlo, Richard puede transformar todo su cuerpo humano en una caricatura de sí mismo y adquirir los poderes y virtudes que tiene un dibujo animado, pero estando inserto en el mundo real. De esta forma, en un mundo donde la bala de un revolver puede terminar con la vida de la carne humana que la reciba, a Richard Aston sólo le hace un gracioso agujero que traspasa su cuerpo de lado a lado. Las dinamitas, en vez de destrozarlo en mil pedazos simplemente lo manchan un poco de negro y después de caer de un precipicio, sólo necesita volver a inflarse. Inmune al peligro mortal de cualquier ser humano, el Hombre Caricatura se dedica a combatir el crimen de las calles y eventualmente salva a la humanidad de los malvados supervillanos que amenazan constantemente nuestro planeta.
8/10 - La caja oscura.
Tocaron el timbre y atendí. Era el cartero que traía una caja a mi nombre. La entrega era anónima puesto que no tenía ninguna información sobre su remitente. Firmé la planilla para dejar asentada la buena labor del cartero, cerré la puerta, caminé hasta el living, dejé la caja en la mesita ratona y me senté en el sillón a mirarla pensativo y curioso hasta que me decidí. Al abrirla me di cuenta de que no había absolutamente nada en su interior, o sí había, pero no podía distinguirlo porque dentro de la caja reinaba una completa oscuridad. Fui a buscar una linterna para iluminar su interior pero ninguna luz podía abrirse paso ante la espesa negrura que contenía. Tomé valor y metí mi mano para investigar pero no encontré nada, ni siquiera el fondo de la caja. Al querer sacar la mano ya era tarde, todo se había oscurecido.
7/10 - La fábrica de los osos de peluche.
Fui a la juguetería para comprar un regalo y me decidí por un oso de peluche. El oso era marrón y en su panza se veía un círculo bien diferenciado por un marrón más claro. En el medio de ese círculo había una pequeña costura que no podía ser otra cosa más que un pupo. Sin lugar a dudas, el ombligo del oso de peluche era una clara evidencia de la existencia previa de un cordón umbilical. Como yo ya había descartado la posibilidad de auto reproducción, puesto que todos los osos exhibidos carecían de órganos sexuales, me quedaba como única opción la hipótesis de que los suaves y afelpados mamíferos habían sido concebidos por un ser humano. Cuando llamé a la empresa que fabrica los osos para plantearles mis dudas, me ofrecieron una visita a la fábrica, lugar donde pude ver a cientos de mujeres pariendo osos de peluches.
6/10 - Ojos desorbitados.
Se sacó el ojo derecho y lo miró con el izquierdo. Luego lo puso en su lugar. Después se sacó el ojo izquierdo y lo usó para mirar al derecho. Haciendo esos movimientos notó que al extraer un ojo de su posición habitual, no afectaba a su funcionamiento y podía seguir viendo perfectamente. Otra observación interesante fue que al sacar a un ojo de su órbita, el cerebro no procesaba la visión de sus dos miradas en conjunto, sino que las entendía y mostraba separadamente. Eran dos mitades independientes que sólo se acoplaban cuando volvía a colocar los ojos en su posición habitual. Fue una sensación un tanto extraña, muy distinta al espejo porque al correr el ojo de su órbita podía observarse a si mismo desde otra perspectiva sin necesidad de algo que reflejara su figura. Una habilidad un tanto extraña para nosotros, pero no para Pantrocio, el extraterrestre.
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